Uno de los capítulos más significativos de la vida es la infancia. Entre historias de juegos y amistad, también hay recuerdos de un temprano ingreso al mundo del trabajo.
Los testimonios que han compartido buena parte de aquellos que han participado en el programa “Memorias del siglo XX” han referido distintas experiencias de su vida como niños. Muchos han descrito sus primeros años como un periodo feliz, de intensa sociabilidad, pero también atravesado por dificultades, carencias y necesidad.
Olga Emhart, de la población Pantanosa, en Frutillar, recuerda cómo debía colaborar con las labores del campo, “me hacían barbechar, con un timón pesado. No podíamos ir a la escuela tampoco, pero también jugábamos cuando teníamos tiempo en la tarde, a la ronda, las escondidas, todos los juegos de niños”.
La privación de recursos materiales no fue impedimento para encontrar espacios de entretención y disfrutar la niñez. En el conventillo “el Chiflón del diablo”, del barrio Yungay, Teresa Rodríguez recuerda como sus hermanos tuvieron que buscar empleo para ayudar en el hogar y permitir que los hermanos menores tuvieran más estudios. “Había mucha pobreza, pero éramos una familia feliz. El día del cumpleaños lo esperábamos con ansias porque ese día nos comíamos un pan entero y un huevo, ese era el regalo”.
Por supuesto, los juegos son parte esencial de la infancia, “nosotros jugábamos a las bolitas, y coleccionábamos cajetillas de cigarrillos”, recuerda Carlos Mazzalin, de Chuquicamata, pero siempre los momentos de recreo alternaban con labores y trabajo doméstico “nosotros le teníamos mala a la Compañía, porque éramos nosotros los que retirábamos los alimentos en la pulpería, eso significaba dos horas al día que perdíamos de jugar a la pelota”.
Niños y adultos, al mismo tiempo
El trabajo infantil y las obligaciones más propias de los adultos fueron una realidad en el campo y la ciudad. Inés González, del cerro Cordillera de Valparaíso, relata sus inicios en el mundo del trabajo, ganando experiencia a la corta edad de siete años, “era empleada doméstica, limpiaba, hacía el aseo, iba a comprar, y después la señora quedó esperando familia y le crié la niña que tuvo. Tengo muy buenos recuerdos de esa familia”.
Luis Rojo Redolés, vecino del barrio Yungay desempeñó muchos oficios cuando pequeño, “fui acomodador, vendía helados en el cine, iba a buscar las cajas, que eran las películas. Todo esto sin que mi familia supiera”. Ramón Astudillo, de San Felipe, vivía con su padre pirquinero. De hecho, su enseñanza se dio primeramente en medio de los cerros, antes que en una sala de clases, “los mineros me enseñaron a leer y escribir, porque mi papá me llevaba y no le podía decir que no. Me enseñaron a sumar y a restar, y después cuando llegué a la escuela eso me sirvió mucho”.
Vidas de niños que es posible conocer a través de esta colección destacada de videos y fotografías que rescatan diversos momentos de las biografías de hombres y mujeres de hoy.